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El Cruce Sobre el Niagara

“Los que lo vieron, callaron… fue un silencio que se escuchó a si mismo, terrible y hermoso. Primero, unos pensaron que quizás fue un juego de la luz, algo que tuvo que ver con el tiempo, o un suceso revelado por la caída del sol… pero entre más miraban, más seguros estaban. Él estaba al ras [del cable]… allá arriba, completamente quieto, un juguete opaco contra el cielo nublado.” Posiblemente no es coincidencia que el comienzo de la novela Que el Vasto Mundo Siga Girando, escrita en 2009 por Colum McCann, empiece con un funámbulo, Philippe Petit, quien consiguió que su cruce entre las gemelas del World Trade Center de Nueva York, sea ahora recordado como la metáfora de un viaje hacia lo desconocido, el vacío, lo que nos evita la confrontación con las contradicciones políticas que dieron como resultado el derrumbe de las torres. Asimismo en 1859, justo en el periodo inmediatamente anterior a la Guerra Civil, otro funámbulo francés, Charles Blondín, cruzó las cataratas del Niágara sobre un cable que se extendía a lo ancho del rio. Un periodo en el que los Estados Unidos buscaban distraerse de los peligros de la secesión: la disolución de la Unión y la inminente posibilidad de una guerra entre el Norte y el Sur. Blondín no cruzó solo una vez, sino catorce veces, y dos de ellas lo hizo con su representante, Harry M. Colcord, sobre su espalda. También cruzó con sus pies entre canastos, en zancos, empujando un barril, y también preparó su desayuno suspendido sobre el vacío. En la ficción de Alegría, Carlo trae consigo al peligroso cruce su curiosidad y su ambición mientras Blondín, en un instante crítico, retrocede a su niñez para que el joven Carlo se convierta en un hombre. Pero el equilibrismo aparece en la obra más que como una distracción: es también un desafío, una cita anticipada con la muerte. Y el cable sería quizás el símbolo de la distancia que tenemos que recorrer hacia esa inevitable cita, solos o acompañados. Esta hazaña del último acto se convierte en un rito de tránsito que ilumina el viaje de nuestra propia vida y nos sitúa sobre el fragor de la catarata del mundo y el vacío del abismo.